Da igual, un poco, todo.
La hojarasca que resuena,
que cruje en los pies. La sombra
y el dibujo de luz sobre la ropa
de invierno.
Da igual, un poco, todo.
Otra última despedida avara,
tibia el agua en la sopa. La sal ya
no se toma, cándida malla la tez
de la carne.
Un poco da igual, todo.
Da igual que llores, que rompas,
da igual cuando estallas. La mano
acurruca un puño de arroz
y lo echa todo al puchero.
Da todo un poco igual.
Un poco de frío, un poco de ejercicio,
un poco de asfixia en el olor
del cobre caliente. El tesoro
empieza a brillar.
Da igual, un poco, todo.
Otro gemido, el turmoil
de los ponys en la alameda. Un poco
de fibra en los dientes; todo
el mundo en su mundo.
El mundo en el de todos.
Da todo un poco igual.
-¿Por qué no se me pasa, doctor?
- No olvide decirle a su hijo que en la vida real gana el malo - intenta bromear el doctor.
- ¿Es eso cierto papá?
- No, solo depende de lo tonto que sea el bueno amor - miro a Isidoro, el psiquiatra, con cara de pocos amigos -. Además, aquí no estamos para ganar o perder renacuajo.
La conversación podría durar horas. A mí no me serviría de nada. Apoltronado en un puff de quinceañero en el fondo de la habitación miro las sombras que deja la ventana en la pared de enfrente. El sol me quema. Tengo poco que perder, o tengo que perderlo todo.
- Venga Jaime, vámonos - digo levantándome.
- ¿Pero te vas a curar? ¿Se va a curar doctor? - se vuelve Jaime hacia Isidoro, serio.
- No molestes más al doctor, Jaime.
- No lo sé, Jaime, depende de tu papá. ¿Tú quieres que él se cure, verdad?
- ¡Claro! ¿Con quién juego yo a los videojuegos si no?
- ¿No tienes amiguitos?
- No muchos…
En este punto tengo que agacharme y susurrarle al oído a Jaime:
- Nos tenemos que ir. Mamá espera con la cena - acto seguido me reclino para despedirme -. Hasta luego doctor.
- Hasta luego.
- ¡Hasta luego doctor! - canturrea mi hijo.
De camino a casa llevo a Jaime en brazos. No sé muy bien por qué le he traído al médico conmigo. Supongo que por la reticencia de mis padres a mezclarme en asuntos de mayores cuando era crío. No creo que me sirviera demasiado bien.
Le tengo en peso y sobrevienen también las cargas emocionales: el pecho irritado por la cabeza, la cabeza presionada por el estómago, el estómago doloroso de angustia. A la madre de Jaime le da un poco igual lo que le pase a mi cuerpo. Llegamos al portal de su casa, pico el portero 2ºD.
- ¿Quién va?
- Somos nosotros, ¿bajas a por Jaime?
Mientras Sonia baja dejo al niño en el suelo. Miro a izquierda y derecha, el sol me pega en la cogotera calva y lo resiento. Enfrente pasa una mujer de treintaitantos en minifalda y con tacones asesinos. No puedo evitar mirarle el trasero.
- Papá… ¿te vas a curar?
- No lo sé, Jaime, lo que tengo es una cosa rara, los médicos no saben cómo se llama ni siquiera.
Se abre la puerta, Sonia me ve de costado, mira al niño y medio me escupe:
- Qué, ya has llevado al niño a tu sesión con el psiquiatra ¿no?
- Tiene que entender desde pequeño los errores que ha cometido su padre, ¿o quieres que le pase como a mí?
- Jaime, ¿cómo estás?
- Bien, pero quiero que papá se cure, no me gusta verle triste.
- Papá se va a curar, solo necesita que pase un tiempo.
Prefiero dejar la conversación en suspenso a seguir haciendo que Jaime sufra con una discusión sobre los pormenores de nuestra relación. No me parece buena idea echarle en cara delante del niño que se haya ido con un abogado. ¡Un abogado! Pero sí creo que necesita saber lo que le cuesta a un carpintero salir de una depresión y el mal trago que es llegar a un punto muerto con un psiquiatra.
- Sí Jaime, yo creo que hoy el médico me ha ayudado mucho. Verás, en dos semanas estoy nuevo.
Los dejo subir a comer con el abogado y bajo la calle lento, como si pusiera en punto muerto el coche. La mujer de los tacones asesinos viene de vuelta. De repente no se me ocurre otra cosa que ponerle una zancadilla justo cuando estoy detrás suya. Da un traspiés. El tacón izquierdo le sale volando mientras se cae para apoyarse sobre su mano derecha.
- ¡Uish! Perdone, ¿está bien?
Ella se recuesta, me fulmina con cara de pocos amigos mientras recoge el zapato de tacón y se lo encaja furiosa. Me invade el deseo de que saque una navaja y me la clave en el bajo vientre. Y…¿no estaría bien morir así, en manos de una belleza iracunda como ella?
- Perdone usted señor, ¿me ha puesto una zancadilla o son cosas mías?
- Perdóneme, no se me ocurría mejor forma de pedirle el número de teléfono. Seguro que tiene cada día a doscientos tontos pidiéndole el teléfono.
Se levanta, me empuja, se da media vuelta y se va.
Un poco tontainas miro la entrepierna de la camarera. Pero no me entretengo mucho en eso y voy a la barra a pedir unos snacks. Me pego con la rodilla en la pared, me agacho para decir “ostias” y me doy otra vez con la barra en la cabeza.
Es un chiringuito. Voy descalzo. El suelo de madera pintada me da repeluco y placer al mismo tiempo. Resbala como una pátina sobre los dedos; con el agarre de los granitos de arena que se pegan a la planta del pie. Al encogerlo y rozar con la uña del dedo gordo izquierdo el efecto se duplica y no puedo evitar la cara de yoghourt agriado delante de la misma camarera de la entrepierna, que ahora vuelve de recoger un par de mesas. Creo que me sacó la lengua de camino a la parte de atrás de la barra.
Finalmente me decido por el rebujito. No tienen aceitunas, así que me conformo y me alivio por la falta del capricho contemplando un magnífico atardecer tintado de una increíble variedad de violetas y malvas entre rosas y azules. Empieza a sonar la canción del verano. Procuro alejarme del bullicio, aunque no sé en qué dirección queda eso. Me decido por las dunas.
Sentado en la cúspide de una de ellas miro cómo la ría vacía mientras mece el agua al ritmo de las pocas barcas que vuelven ya tan tarde. Pequeñas olas rompen en la orilla de fango. Todos los días hay una tarde como ésta.
Me harto del rebujito y el refresco. Al levantar el cuerpo doy un traspiés y de cabriola en cabriola bajo la duna desparramando lo que queda de refresco y rebujito por entre la arena, para mayor regocijo de los excitados jóvenes que apuran la cerveza y empiezan a pedir copas. “No volverá a pasar”, pienso tranquilo, indiferente a la vergüenza de existir en un mundo tan patético como éste, que es capaz de soltarme como un escupitajo a rodar por una cuesta de arena.
Recuerdo la cantidad de gente con la que he pasado por el mismo sitio, a esta misma hora. “La excitación se trueca ahora por melancolía y nostalgia”, pienso más alicaído mientras devuelvo el vaso de refresco y el plato de rebujitos a la barra. Me doy la vuelta con cara de perro triste; la mirada penetrante y reprobadora de la camarera me espera, casi impaciente. “Así que encima con penita, ¿no?”, supongo que piensa ella, que se aleja moviendo el trasero como si fuera la barca vikinga. La de los cacharritos de la feria, quiero decir.
Ya de noche, ando lento hacia la salida. No me apetece conducir solo, así que ando un par de kilómetros hasta casa. Llego a la cama y, como todas las noches, raspo una planta del pie sobre la pierna del otro. Me acuesto y me pliego un poco para evitar la pequeña playa de arena formada en los pies.
Sueño que caigo sobre una cama elástica y el impulso me saca de la atmósfera. Se estaba bien allí, flotando, antes de despertar.
Sigo buscando el olor dulce de tu risa en el recuerdo. Vivo un mal sueño todavía. Sueño la vida. Con tus padres, con tus sobrinos. Todo sin demasiado esmero. Caigo en los cartones llenos de pegamento y me asfixio de nuevo.
Lo roto no tiene remedio. Con ese pegamento tampoco. Sólo queda la paciencia, que me brinda este círculo de energía medida en Kb. aquí donde vivimos. Empujo ese sillón. Rayo el cristal con las uñas. Barro mi pelusa. Con un flash de magnesio me ciego.
Bajé hasta encontrar una piedra. La levanté y la tiré al río; devolvió sonido, devolvió ruido. Subí con apuntes: no tirar piedras al río. Clavo el cartel con martillo y puntilla en la pared de la calle que sube hasta el centro; en la madera de un kiosco de helados Menorquina.
Cruzo calles con perros y carros. Coches, coches. Me vuelvo hacia atrás y descubro una estela fugaz de mis pasos: la señora del rellano vuelve a su paso normal, el conductor del garaje puede salir, la otra señora sigue fregando lo que le corresponde de acera a su casa.
Me tumbo en un banco a dormir. No sueño nada. Despierto, sigo camino del centro para atravesarlo. Estoy ocupado, ocupado con todo. Los nombres de las calles, las miradas de la gente, el rastro de palomas, los ladridos de los perros, los guardias de seguridad de rojo en el centro comercial, los stands de los hippies en la plaza. Llego al helado y lo como rápidamente.
La calle peatonal. No compraré nada. La cruzo, miro una vez a la izquierda otra vez a la derecha en cada cruce. No hay nadie en las calles perpendiculares. Llego a la siguiente plaza y me tomo un café solo en el bar más caro para los guiris.
Huyo de nuevo hacia el puente sobre el río a pasear los alrededores del convento de las monjas sudando , dando traspiés, llegando a la otra punta de la ciudad en un rodeo inmenso. Entro a la primera tienda de ultramarinos que encuentro y pido una botella de agua fría de litro y medio. Me la bebo en dos buches. Luego, estaré resfriado.
Chet Baker
I Get Along Without You Very Well
Chet Baker me recorre el alma en Sings.
El viento de arrastre; el de poniente aquí en el Atlántico. Trae tu nombre muchas veces, repetido. No lo trae de uniforme y empacado, sino en un mono de trabajo lleno de manchas, serrín y espumillón. Se me presenta ahora, a estas alturas y, como comprenderás, da vértigo.
Viene de casa con una zanahoria en la cola que revuela en un pequeño ciclón. Da vueltas y se pega con manchas de pintura, de plata y de oro, de muchos colores, a las columnas, el suelo y la gente del claustro que lo inventa. Viene de allí, del pozo en el centro del patio, del agua de beber. No hay animales aquí.
No es caluroso, pero los restos de arena taponan los oídos sin remedio, secan la boca. Este viento nos recuerda, siempre, que a pesar de todo podremos hacer nuestra peculiar Ruta 66 en verano. Desde Valencia a a Lisboa, por ejemplo. Comiendo cochino en las ventas, bebiendo cervezas heladas en Despeñaperros, atiborrándonos de morcillas de arroz en Burgos, caminando esa Madrid que probablemente este Agosto esté menos desierta.
Tata, ¡claro!
feroz, disciplinada, organizada;
sin temor, la piel calzada
con una sonrisa de kilómetros
ni un mal gesto aguantara.
Tata tiene un fin,
la vida, bebérsela toda,
hasta la nimiedad
más ajada.
Tanto ardor contenido
ahora en este descanso
saco a relucir, como haciendo
de vientre, un trapo.
Tener un ardor como éste,
y de tu cara en mi sueño
el gesto, no torcido;
aplanado, triste.
Olvidarme de lo formal,
para mal. Sí, para mal.
Tantos tabales de equivocaciones.
Tantas minucias como montañas,
hacerte adicto al cuento de la lechera.
Por la mañana llegas,
espectacularmente del híper;
llegas y entonas algo,
algo de los Beatles.
Viene al pelo por aquello de
la revolución, tan pintiparada.
Hacer el camino de ida y vuelta,
cruzarnos donde el muchacho
salva a la dama en la Sabana.
No saber perdonarme,
precisamente por haber robado
unos abalorios que no
me pertenecen; son tuyos.
Y no parafrasear a Cioran,
que además de tonto es
un capullo.
Abro la puerta
Cruje la madera a mis pies
Cae el cántaro
Finiquitado el drama, quedan tantas salidas como cerradas puertas veo. Es la impaciencia, que arrastra y quema.
Se oye tu eco
en los sitios
que retumban de actualidad.
Ya no más, ya no más.
Oigo las mismas cosas
me llevan a recordarte
cuando eras brisa,
el aire, que
procuré cerrar al vacío,
herméticamente, para al fin perderte.
Hoy puedo echarte de menos,
aunque sea tres años,
imagina imaginando.
¡Estoy seco y me da igual!
Qué impertinencia.
Y retumbas mientras
royo este boli un poco
ridículo.